martes, 25 de enero de 2011

Isabel María Herraiz, la Beata de Villar del Águila,

En Villar del Águila,junto a Torrencillo del Rey y Torrebuceit, a fines del siglo XVIII, divulgó por toda la comarca el mensaje de que tanto Jesucristo como la Virgen María moraban en su pecho.Era llevada en procesión, bajo palio, convenciendo a prelados y clérigos, llegándose a tratar el caso de su divinidad en la Universidad de Alcalá de Henares.

Llevada ante el Tribunal de la Inquisición de Cuenca recibió nota condenatoria, siendo ingresada en prisión donde falleció por enfermedad sin haber concluido el proceso. Se determinó que recibiera sepultura en los escalones de entrada a la iglesia de San Pedro, para que fuera pisada por los fieles al entrar al templo y sirviera de ejemplo y expiación.Estaba la iglesia de San Pedro junto al Tribunal de la Inquisisición que ocupaba recintos de lo que fue el castillo de Cuenca en la zona más alta de la Ciudad. Ahora junto al arco Bezudo de lo que fue la muralla de Cuenca, en donde estuvieron lo que fueron casas de la inquisiición y carcel y luego prisión provincial se encuentra el AHC.

En la región de Cuenca, la beata de Villar del Águila -Isabel Herráiz- cuenta que «Jesucristo le ha revelado que ha consagrado su cuerpo, cambiando su propia carne y su sangre en la sustancia misma de ese cuerpo, para así llevar a cabo de manera más perfecta su unión amorosa con ella. El delirio de esta mujer provocó exaltadas discusiones teológicas entre curas y frailes. Unos sostenían que tal cosa era imposible según los caminos seguidos de ordinario por Dios, puesto que sería preciso suponer en la beata unas prerrogativas superiores a las de la mismísima Virgen María y porque esa transubstanciación demostraría que el pan y el vino no son la única materia del sacramento de la Eucaristía; los otros se empeñaban en probar que el hecho no era imposible, teniendo en cuenta la potencia infinita de Dios...» ’ .

«Los cómplices de esta pícara, y los fieles engañados por ella, llevaron su locura hasta el punto de adorarla y vererarla con un culto de latría; la pasearon en procesión por las calles y por la iglesia con velas encendidas; la incensaron como se hace con la sagrada hostia en el altar; por último, se posternaron ante ella y le hicieron infinitas, otras demostraciones no menos sacrílegas. La inquisición puso término al escándalo con una sentencia de la cual dice Llorente que es la más equitativa de que tiene noticia.

La beata fue encerrada en los calabozos del Santo Oficio y allí murió. Fue quemada en efigie. El cura de su pueblo y dos frailes reos de complicidad fueron desterrados a las Filipinas».

Popularmente se cuenta que la beata fue enterrada en uno de los escalones que dan acceso a la iglesia de San Pedro, con el fin de ser pisada por todo aquel que entrase en dicha iglesia.

El proceso que el obispo Palafox mandó abrir contra Isabel Herraiz, la llamada “beata de Villar del Águila”, movió al presbítero Vicente Navarro, que entonces se hallaba destinado en el oratorio de San Felipe Neri de la capital conquense, y que después sería nombrado capellán de honor, a realizar un opúsculo en contra de la defensa que algunos clérigos y frailes habían hecho de la acusada.

Maria Herraiz, conocida por el dictado de la Beata de Cuenca, motivo de proceso muy ruidoso en toda España, en el cual hubo muchos cómplices sacerdotes, seculares y regulares. Era mujer de un labrador del lugar de Villar del Águila, pueblo del obispado de Cuenca; y entre otras opciones de santidad, tuvo la empresa de persuadir que Jesucristo le había revelado haber consagrado la carne de esta beata, convirtiéndola en verdadero cuerpo y sangre del mismo señor Jesucristo, para estar mas íntimamente unido en amor con su alma

Este delirio produjo las más incomparables controversias entre diferentes teólogos, clérigos y frailes. Los unos afirmaban ser imposible la narración de Maria Herraiz, atendida la divina providencia ordinaria, porque chocaba con ella el hecho de conceder a una mujer particular, una gracia tan relevante que parecía exceder las prerrogativas de María Santísima virgen y madre del mismo Dios Hombre Jesucristo. A lo cual se agregaba la circunstancia muy remarcable de que, siendo cierta la narración de Maria Herraiz, no se podría ya sostener como articulo de fe, que la única materia remota del sacramento de la eucaristía, era el pan y el vino, puesto que también lo era ya la carne humana. Otros defendían que todo era posible, atendiendo lo ilimitado de la omnipotencia divina; pero no creían verificado el suceso, reputando insuficientes las pruebas que se citaban. Otros lo creían todo, alegando la virtud de la beata, de cuya verdad decían no deberse dudar, mediante la solidez de sus virtudes y el ningún interés que resultaba de la mentira. Otros en fin (porque fuesen cómplices criminales de la ficción desde el principio, porque procedían entonces con buena fe y sin critica), continuaron después aparentando creencia por considerarse comprometidos en la continuación. Llegaron al extremo temerario de adorar a la mujer con culto de latria, llevándola en procesión por las calles y el templo, con cirios y candelas encendidas, incensándola como de la hostia eucarística, y arrodillándose delante de ella, con otras muchas cosas sacrílegas.

No podía menos de ser en la inquisición la ultima escena de tan escandaloso drama. Ella y muchas personas iniciadas de complicidad fueron reclusas en carceles secretas, en las cuales murió la beata. La sentencia definitiva mandó, entre otras cosas, que saliesen a público auto de fe la estatua de la beata sobre un burro, y fuese quemada; el cura párroco de Villar del Águila, y dos frailes cómplices, descalzos, en túnicas cortas, con sogas al cuello; los cuales fuesen degradados y remitidos a reclusión perpetua en las islas Filipinas; el cura del lugar de Casasimarro, suspense de su curato por seis anos; dos hombres vulgares, que habían multiplicado adoraciones, sufriesen cada uno doscientos azotes y presidio perpetuo; y que la criada de la beata fuese reclusa en la casa de las Recogidas por espacio de diez años.

También en Villar el Águila era Cristobalito de Azcoitia, quien llegó a adquirir fama como sanador y llamado San Cristobalito. Nacido en Consuegra, Toledo, a mediados del siglo XVII, al poco tiempo sus padres se fueron a vivir a Villar del Águila, de donde era natural su padre Simón Azcoitia. Allí se le empezaron a manifestar una serie de poderes curativos y facultades especiales que convencieron a los padres en llevar al niño prodigio a Madrid para que fuera conocido por los Reyes. En el camino hizo varias sanaciones milagrosas, y al llegar a la corte fue recibido por el infante Baltasar Carlos, quien aunque fuera santiguado por Cristobalito, falleció a los dos años. Tampoco con la reina tuvo mucho éxito, la que recibió sus imposiciones de manos y oraciones, a pesar de lo cual murió ese mismo año. A pesar de estos fracasos consiguió otros éxitos notables lo que hizo que se generara alrededor de él una aureola de sanador siendo requerido en todos los ambientes de la época.

La Inquisición intervino interrogando a sus padres, siendo apercibidos de que de continuar con esas actividades serían penados. Lo cierto es que regresó de nuevo a Villar del Águila entre una apoteosis mezcla de veneración y superstición, perdiéndose ya su pista.