domingo, 19 de diciembre de 2010

Casas de Rodrigo Calderón en la calle San Bernardo.

En la cerca de Felipe II y Felipe IV se situaba El Portillo de Fuencarral o de Santo Domingo en la cerca cristiana de la que es ampliación la de Felipe II. Situado en la calle de San Bernardo, a la altura de la calle de Santa Cruz de Marcenado, ahora la Glorieta de San Bernardo. Construido por Juan de Mora en 1642. Fue derribado en 1867. En el grabado de comienzos del siglo XIX, 1808-entrada de las tropas francesa en Madrid- podemos distinguir al fondo el Palacio Real.


Placa, apenas visible, en la calle de San Bernardo en la esquina con la calle de la Luna, casi en su confluencia con La Gran Vía, donde se señala el lugar que ocupaban las casas de Rodrigo Calderón. I conde de la Oliva de Plasencia en Cáceres y I marqués de Siete Iglesias. Fue un gran coleccionista de pintura.

Rodrigo Calderón, conde de la Oliva de Plasencia. Pedro Pablo Rubens, 1612. Royal Collection.

En la manzana entre la calle de la Luna y la calle de la Estrella, en el número 28, se encontraba el palacio del marqués de Denia, conde y luego duque de Lerma. Aquí fue paje Rodrigo Calderón y tuvo sus casas. El palacio fue residencia de los duques de la Conquista a principios del siglo XX. Derruido a mediados del siglo XX.

En 1598 se encuentra al servicio del duque de Lerma, Francisco Gómez de Sandoval y Rojas siendo su secretario. La llegada de Felipe III al trono español ese mismo año, hizo que el duque de Lerma, valido del monarca, fuese nombrado grande de España. Calderón, activo, ambicioso y sin escrúpulos, se convirtió en el hombre de confianza del Duque de Lerma. Comendador de Ocaña en la orden de Santiago y secretario de cámara, secretario del rey. Casa de modo ventajoso con Inés de Vargas y Trejo. Fue relegado de su puesto de secretario en 1612. Sin embargo, conservó el favor del duque de Lerma. Cuando la reina Margarita murió durante un parto en octubre de 1611, Calderón fue acusado de haber utilizado brujería contra ella. En 1612 fue enviado a una misión especial en Flandes, y a su regreso se le nombró marqués de las Siete Iglesias en el año 1614. Pero su estrella fue decayendo con la del y es arrestado el día 7 de enero de 1621 fue salvajemente torturado para conseguir que confesase los cargos que contra él pesaban de asesinato y brujería. Confesó el asesinato de Francisco Juaras, pero rechazó firmemente el resto de cargos que le acusaban de asesinato y brujería.

Francisco de Sandoval Rojas y Borja, V marqués de Denia, IV conde de Lerma y ya I duque de Lerma, I marqués de Cea, sumiller de corps de Felipe III, y de sus Consejos de Estado y Guerra, comendador de Mérida y Hornachos, comendador mayor de Castilla y Trece de la orden de Santiago. Virrey y capitán general del Reino y costas de Valencia, Caballerizo mayor del príncipe Felipe. Alcaide del castillo de Burgos. Cardenal desde marzo de 1618. Casa con Catalina de la Cerda y Manuel de Portugal de los IV duques de Medinaceli. Padres de Cristóbal de Sandoval Rojas y de la Cerda, I duque de Uceda en Guadalajara y que cambia el de marqués de Cea por el duque de Cea. Casa en 1597 con María, Mariana, Manrique de Padilla, hija de Martín de Padilla y Manrique, I conde de Santa Gadea, V señor de Valdescaray, adelantado mayor de Castilla, y de Luisa de Padilla y Manrique, condesa de Buendía, sobrina de su marido, hija de Juan de Padilla y Manrique, IV señor de Valdescaray, y de María de Acuña de los condes de Buendía y VII condesa de Buendía en sucesión de su hermano. Padres de Francisco de Sandoval Rojas Manrique de Padilla y Acuña, II duque de LERMA, y siguiente en los de su padre y de su abuelo paterno. También por su madre sucesor en la Casa de Buendía, II conde de Ampudia, V conde de Santa Gadea y X conde de Buendía.

José Martínez Ruiz. AZORíN. EL POLÍTICO. 1908.

Nació don Rodrigo Calderón de humilde cuna en Amberes; su padre era capitán; su madre fue una doncella alemana, con quien el capitán tuvo amoríos. De ellos fue fruto el futuro ministro; matrimonio subsiguiente legitimó su nacimiento. Murió la madre, y padre e hijo vinieron a España; en Valladolid el padre casó por segunda vez. Como el niño fuera creciendo y el trato de la madrastra pudiera no ser del todo grato, el padre puso a Rodrigo a servir de paje en casa del vicechanciller de Aragón.

No duró mucho aquí Rodrigo; la casa no debía de ser muy a propósito para su medro. De ella pasó a la del duque de Lerma. La vida de los pajes era muy dura y levantisca en estos tiempos; comían poco y mal; vestían traspilladamente; se acostaban tarde; habían de aguardar a su señor toda la noche mientras jugaban o se divertía en aventuras amatorias. Abundaban las parlerías, enredijos y chismes; se armaban grandes trifulcas en el tinelo a la hora de las comidas. Una casa de un grande tenía muchedumbre de dependencia: allí estaban, en primer lugar, el mayordomo, el secretario, el contador, el tesorero, el maestresala; venían después el veedor, el botillero, el repostero de estrados, el repostero de la plata, el comprador, el despensero, el repartidor y el escribano de raciones. No faltaban tampoco camareras, dueñas enlutadas y quejumbrosas, escuderos y algún viejo y reposado otáñez para acompañar a la señora o las hijas a misa e ir abriendo camino con sus barbas venerables, sus pantuflos, su gorra y su callado.

En este mundo pintoresco y ruidoso habían de vivir y maniobrar los pajes. Los avispados y lenguareces se abrían pronto camino; iban y venían con cuentecillos al señor; le traían y le llevaban recados de sus daifas; decíanle gracias y le lisonjeaban. Los apocados y tímidos se encantaban en el servicio y sufrían los vejámenes y cordelejos de los demás. De éstos era Rodrigo Calderón: tenían una timidez y un encogimiento invencibles. A veces los espíritus más enérgicos, más fuertes, están recubiertos de timidez. El futuro ministro no se separaba de la cámara de su señor; de este modo evitaba las malas bromas de sus compañeros. Cuando se apartaba del duque lo hacía aprovechando una salida del maestresala, del mayordomo o de algún otro alto oficial de la casa; entonces iba en su compañía, y los pajes malignos no se atrevían a vejarle.

La asistencia y solicitud de Rodrigo en la cámara o despacho del señor llamó la atención del duque; poco a poco se fue fijando en este paje, tan afectuoso a su persona. Rodrigo tenía un entendimiento despejado, agudo; el duque comenzó a platicar con él y a confiarle algunos negocios. Salía bien en ellos Rodrigo. Un día el duque le hizo su paje de bolsa; el oficio era desempeñado con diligencia y escrupulosidad. Iba entrando Rodrigo en el ánimo del gran señor. El duque de Lerma entonces lo podía todo; el rey había ordenado que a la firma del duque se le diese el mismo valor que a la suya. No podía tener Rodrigo mejor padrino. El duque, deseando favorecerle más, le nombró ayuda de cámara del rey.

Éste fue el primer escalón en la fortuna del grande hombre.

Siendo Rodrigo Calderón ayuda de cámara del rey Felipe III, casó con una dama principal de Cáceres: Doña Inés de Vargas, señora de la Oliva de Plasencia. El duque de Lerma continuaba prestándole su valimento; el rey le iba otorgando mercedes y favores. Primero le dio el hábito de Santiago y la encomienda de Ocaña; luego le hizo conde de la Oliva; más tarde fue nombrado capitán de la Guarda Alemana; por último sucedió al conde de Villalonga en la Secretaría del Estado, y tuvo también el manejo de todos los papeles, así de Gracia como de Justicia; estaban estos negocios diseminados antes en las manos de varios; don Rodrigo los reunió todos en sí, y fue ministro universal.

Era don Rodrigo de condición bondadosa y afable; no gustaba, sin embargo, de que se tomasen familiaridades y confianzas con él. Sabía ser señor. No franqueaba a todos sus puertas; dificultaba las audiencias. Pero cuando las concedía hablaba con todos, estaba deferente y se enteraba con minuciosidad de lo que cada uno pretendía. Su memoria era mucha; sabía los nombres de todos los que le visitaban; no olvidaba los más ligeros detalles de sus personas. No era muy amigo de visitar; a los grandes y señores de la Corte les trataba con un alto y acre desdén; dice un historiador que los tenía "lastimados por el poco caso que de ellos hacía". Con los humildes era, en cambio, generoso. Hacía muchas limosnas; se enteraba secretamente de las desgracias y las socorría con la misma discreción.

Sabía también tener estos rasgos que deben tener los políticos y los hombres del mundo; rasgos que corren de boca en boca, agrandados, hechos leyenda, y que luego pasan a la historia.

Una noche había salido de su casa para ir a la de una muchacha por quien estaba perdidísimo y a quien hacía un año que cortejaba en vano. Se echó sobre sí para ablandar a la mocita un bolsillo con trescientos doblones. Estando ya cerca de la casa, le salió al paso un hombre anciano y le dijo: "Señor, suplico a vuestra señoría que me oiga un momento". Paróse don Rodrigo y contestó: " Diga lo que manda". El anciano continuó diciendo: " Yo, señor, soy hombre de bien, hijodalgo, y con tan grande necesidad, que una hija que tengo de diecinueve años y yo no nos hemos desayunando desde anoche por no tener, ni sabemos lo que de ha de ser de nosotros; de suerte, señor, que por no morirnos de hambre estoy resuelto a dar permiso a mi hija, que es una doncella, para que sea mala y que con su cuerpo gane de comer. Y así vuestra señoría, por las entrañas de Jesús y por la sangre que derramó, no dé lugar a cosa semejante y me socorra con una limosna". Todo esto lo dijo el anciano medio llorando; don Rodrigo se enterneció, le entregó el bolsillo que llevaba, y le contestó: "Amigo mío, no permita Nuestro Señor que tal ofensa haga. Tome ese bolsillo en que van trescientos doblones, y pues me ha conocido y sabe bien mi casa, acuda a buscarme, que no le faltaré en nada mientras viviere. Quítesele esa mala imaginación, y tenga cuidado de encomendarse a Dios".

Desistió don Rodrigo del propósito con que había salido a la calle: vio en esto un secreto aviso con que el cielo le prevenía de algún lance, atentado o desgracia, y se tornó a su casa.

Viendo don Rodrigo Calderón que iban mal sus negocios, dispuso bien su hacienda, arregló sus papeles y se retiró a Valladolid. Conspiraban contra él los palaciegos y señores; arreciaba la persecución. Don Rodrigo tuvo varios avisos de que le iban a prender, pero no quiso fugarse; deseó esperar tranquilamente el golpe. Una noche, a la una de la madrugada, llamó a la puerta de su casa la justicia; él estaba acostado; entró el juez encargado de prenderle, y don Rodrigo comenzó a vestirse. Dice un biógrafo, que fue amigo suyo y testigo de todos los sucesos, que estaba don Rodrigo tan turbado que "tardó un cuarto de hora en sólo ponerse un escarpín".

Pronto se rehizo el gran político; ni un solo momento desfalleció en adelante. De Valladolid lo llevaron preso a Medina del Campo; de aquí, más tarde, a Montánchez; luego, de este lugar a Santorcaz. Todos sus bienes le fueron confiscados; no dejaron a sus hijos y a la marquesa dónde cobijarse. De Santorcaz don Rodrigo fue conducido a Madrid y aprisionado en su misma casa. Con la confiscación todos los muebles habían desaparecido; la casa se hallaba desmantelada. La sala en que estaba preso el ministro era espaciosa y oscura; continuamente tenía que haber en ella luz de vela; en la puerta velaba una guardia de vista que se renovaba cada dos horas. Allí dieron el tormento a don Rodrigo; le pusieron en el potro, apretaron bárbaramente los cordeles y esperaron a que el atormentado confesase. No dijo nada don Rodrigo; no exhaló ni un solo lamento; no tuvo ni reproches ni súplicas. Cuando después le leyeron la sentencia de muerte, la oyó con gran valor. "Bendito seáis, mi Dios -dijo-; cúmplase en mí vuestra voluntad".

Desde entonces fuese preparando para el trance final. A consecuencia de su prisión le había cargado un poco la gota; andaba con muletas, y traía también una venda en el brazo izquierdo, que quedó estropeado del tormento. Comía muy poco; casi toda la regalada comida que le servían mandábala a los pobres. Hacía muchas penitencias; llevaba puesto un áspero cilicio.

Llegó el momento de communicarle la ejecución. El martes 19 de octubre de 1621 fue a medianoche un fraile a verle; llevaba la orden de prepararle. No extrañó la visita don Rodrigo, porque ya otras noches había ido a acompañarle. El religioso comenzó a hablar de las miserias de la vida."¿Quién por lo eterno no trocaría la vida temporal?", dijo. Don Rodrigo manifestó que él hubiera querido tener no una vida, sino cien mil para darlas por Dios y por los hombres. El fraile replicó: "Pues por esa conformidad, para dar a vuestra señoría prendas de su gloria, quiere el mismo Señor venir mañana a darle las gracias". Entendido don Rodrigo el misterio, se arrodilló delante de un crucifijo y exclamó por tres veces: "Señor, hágase en mí vuestra voluntad".

Dos días después, el jueves, había de verificarse la ejecución.

El día 21 de octubre de 1621 fue señalado para ejecutar a don Rodrigo Calderón. Se levantó don Rodrigo bien de mañana; él mismo pidió la ropa con que había de ser ejecutado: le trajeron una sotana larga de bayeta. Don Rodrigo la examinó y cortó el cuello de ella, diciendo que así había de ser para que el verdugo hiciera bien su obra. Cuando iba vistiéndose, quiso también que el cuello del jubón fuese postizo, para que tampoco el verdugo no se turbase y embarazase al quitárselo. Una vez vestido, don Rodrigo entró en el oratorio de la casa y oyó devotamente varias misas.

Se acercaba el momento. La hora de la ejecución era a las once; a las diez y tres cuartos avisaron a don Rodrigo. "Señor -le dijo su confesor-, ya dicen que nos llama Dios y que es hora de irle a buscar." Don Rodrigo se prosternó en tierra y contestó: "Padre mío, pues Dios nos llama, vamos apriesa". Pidió luego un poco de agua y un sorbo de caldo, y comenzó a bajar los escalones serenamente, sin turbación ninguna. En el zaguán de la casa le esperaba el alcalde de Corte don Pedro Mansilla, grande y antiguo amigo suyo. Los dos hablaron brevemente; don Rodrigo le recomendó influyese para el pronto despacho de unos asuntos de su mujer e hijos; prometiólo el alcalde; dióle las gracias afablemente don Rodrigo, ambos se despidieron. Entonces comenzaron a plañir y dar gritos los amigos y antiguos criados de don Rodrigo; él saludó a todos; les estrechaba la mano efusivamente; les decía: "Señores, ahora no es tiempo de llorar, pues vamos a ver a Dios y a ejecutar su santísima voluntad". Estaba en la puerta de la calle la mula en que el reo había de montar; era una mula de las caballerizas de don Rodrigo. Don Rodrigo subió a ella y se compuso cuidadosamente la ropa. Llegó el verdugo a atarle las piernas y don Rodrigo le dijo:"No me ates, amigo. ¿Piensas que me he de ir?" Tomó el verdugo la rienda de la mula, y la comitiva se puso en marcha. Iban ministros de Corte, guardas, frailes y las cofradías con sus cristos. Don Rodrigo marchaba dignamente. Llevaba una larga y negra capa, sobre la que destacaba encendidamente la roja cruz de Santiago. El cabello largo, desparramado, le caía sobre los hombros; la barba, que no se la había afeitado tampoco en los treinta y dos meses de su prisión, era larga y ancha también. Había una inmensa muchedumbre en las calles, en los balcones, en los tejados. Al verle se produjo un formidable rumor; muchos lanzaban grandes gritos. "¡Dios te perdone!", decían unos. "¡Dios te dé buena muerte!", exclamaban otros. "¡Dios te dé valor!" proferían unos terceros. "Amén -contestaba don Rodrigo-; Dios os lo pague".

Desde la calle ancha de San Bernardo la comitiva fue a la plaza Mayor, donde estaba el cadalso, pasando por la plazuela de Santo Domingo, la de Santa Catalina, la calle de las Fuentes, plaza de Herradores, calle Mayor y calle de Boteros. Cuando don Rodrigo llegó al cadalso y lo vio sin luto, dijo: "Yo no he sido traidor. ¿Me quieren degollar por detrás? ¿Cómo está este cadalso sin luto?" Subió serenamente las escaleras, y cuando estuvo arriba dijo a su confesor: "Descansemos un poco". Se sentaron en el banquillo; habían acompañado al reo sobre el cadalso catorce religiosos, Don Rodrigo se levantó y comenzaron todos a hacer unas oraciones. El verdugo avisó que ya era hora; se acercó don Rodrigo y se sentó en el banquillo; una vez sentado, se compuso bien para no estar en una posición fea. "¿Estoy bien?", le preguntó al verdugo. Después le dio el beso de paz y le dijo que le quitara una banda que traía al cuello y que le vendara con ella los ojos. Hízolo el verdugo, y como al atarle el tafetán por la espalda creyera don Rodrigo que el verdugo iba a degollarle por detrás, preguntó: "¿Qué haces, amigo? Mira que no ha de ser por ahí". Cuando tuvo vendados los ojos exclamó: "Padres míos, no se me vayan, por Dios, de aquí". Respondieron los religiosos: "Aquí estamos, señor. Diga vuestra señoría Jesús". Dijo Jesús don Rodrigo, y al punto le echó la cuchilla el verdugo y lo degolló.

Así acabó su vida don Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias y conde de la Oliva. "Para todo le dio Dios espíritu y fervor", dice un testigo de los sucesos.

Poema de Francisco de Quevedo y Villegas, "En la muerte de don Rodrigo Calderón".

Tu vida fue invidiada de los ruines,

tu muerte de los buenos fue invidiada;

dejaste la desdicha acreditada,

y empezaste tu dicha de tus fines.

Del metal ronco fabricó clarines

fama, entre los pregones disfrazada,

y vida eterna, y muerte desdichada

en un vilo tuvieron los confines.

Nunca vio tu persona tan gallarda

con tu guarda la plaza, como el día

que por tu muerte su alabanza aguarda.

Mejor guarda escogió tu valentía,

pues que hizo tu ángel con su guarda

en la gloria lugar a tu agonía.