lunes, 22 de marzo de 2010

Los judeo conversos en la Corte de los reyes de Castilla.

Judíos y conversos habían estado presentes en la Corte de los reyes castellanos desde fechas muy tempranas ejerciendo cargos de tipo financiero como contadores, tesoreros, arrendadores de impuestos ó prestamistas. Su presencia en la Corte levantaba siempre críticas pero los judeoconversos eran casi insustituibles en la Hacienda Real.

Con el paso del tiempo su presencia empezó a ser cada vez más molesta; el robustecimiento de la autoridad monárquica, puso a disposición de estas familias conversas un creciente número de resortes de poder. El engranaje de la administración estaba en manos de los judeoconversos más influyentes tanto en las nuevas instituciones; los corregimientos y los oficios municipales de designación real, o en otras reformadas; las Chancillerías. La posición de judíos y conversos en la Corte de los reyes castellanos del siglo XV se fue volviendo envidiable, pero es el establecimiento de la Inquisición en Castilla en 1478 lo que va a suponer cambios profundos e importantes para las minorías religiosas. Dos años después, en 1480, las Cortes convocadas en Toledo acuerdan la prohibición de la convivencia entre judíos y cristianos en Castilla y en finalmente en 1492 se decretará la expulsión de los judíos.

Desde finales de la Edad Media fue agudizándose primero, radicalizándose después, la hasta entonces latente actitud de recelo hacía los judíos; en la segunda mitad del siglo XIV cristalizaría en lo que se ha dado en llamar “problema judío”. Ante la situación creada con los judaizantes la resolución al problema pretendió ser el decreto de expulsión de 1 de marzo de 1492. La finalidad de esta medida, expresamente confesada en el Real Decreto de expulsión, fue evitar la permanente tentación que para los conversos significaba la convivencia con los que seguían practicado el judaísmo. Consecuencia de la expulsión fue el incremento numérico del grupo converso que puso en duda la sinceridad de estas conversiones. En lugar de desaparecer, en efecto, el problema se transformó. Y este cambio es el que nos permite hablar del paso ”del problema judío al problema converso”. Con el término converso se quiere designar a finales de la Edad Media y desde los primeros tiempos modernos no al neófito o convertido de cualquier religión a otra sino de modo específico al “cristiano nuevo” procedente de la fe judaica; esta es la razón por la que el termino converso referido a una familia terminará convirtiéndose en una mancha de su pasado, aunque la ascendencia judía, remota o próxima, está en una gran parte de la nobleza española de mayor lustre y preeminencia.

Para afianzar su posición en la sociedad castellana y posteriormente para asegurar su permanencia en Castilla los judíos recurren junto a la conversión a la obtención de la Carta de Hidalguía interponiendo para ello las consiguientes solicitudes de reconocimiento de la Condición de Hidalgo ante las Chancillerías de Valladolid y Granada.

Durante los siglos XVI y XVII se observa un aumento del número de hidalgos que llegaron a ser el 6% de la población del Reino de Castilla. En la ciudad de Cuenca los hidalgos llegaron a ser casi el 13% de sus habitantes a finales del siglo XVI. La concesión de la Condición de Hidalguía se ve favorecida desde la Corona, siempre necesitada de nuevos recursos económicos, que ve en la venta de Cartas de Hidalguías una nueva fuente de ingresos para la Hacienda Real; al igual que lo serían la venta de los Privilegios de Villazgo. El número de hidalgos en la ciudad de Cuenca era de 136 en 1537, un 7% de la población, pasando a ser de 352 en 1597, un 12,8% de la población, y en torno al 80% de ellos eran conversos.

Para la obtención de la carta de hidalguía y con ella el reconocimiento de la tan deseada pureza de sangre los propios judeoconversos contribuyeron más que nadie a la deformación del pasado y nada mejor para ello que alterar en la medida de sus posibilidades los documentos que podían poner en tela de juicio su pasado. Durante cerca de trescientos años los miembros de la minoría judeo conversa falsificaron y destruyeron documentos; y lo hicieron con tal eficacia que reconstruir el devenir de las familias conversas resulta muy difícil en muchos casos. Los documentos originales prácticamente han desaparecido a finales del siglo XVI. Algunos habían sido robados, otros destruidos y los más falsificados. A lo dicho hay que sumar la práctica de renunciar a los apellidos judeoconversos en favor de los de un pariente con cierto renombre. Esta practica hace casi imposible en algunas familias conversas tener grandes certezas sobre las relaciones de parentesco. Buena parte de lo que se sabía en los siglos XVI y XVII de las familias de origen converso procedía de rumores transmitidos oralmente


En Cuenca, los conversos acceden masivamente a los regimientos perpetuos de Designación Real hasta llegar a ser mayoritarios en estos oficios. Los regimientos se hacen perpetuos y hereditarios como ocurre con los Señores de Cervera y sus parientes los Álvarez de Toledo de Cuenca y Guadalajara que serán titulares de Regimientos Perpetuos de la Ciudad de Cuenca. El Fuero de Cuenca del año 1190 había reconocido una implícita igualdad de trato entre judíos y cristianos, pero si se establece una separación domestica tajante entre ambos pueblos. En 1290 se hizo en Huete el padrón de las aljamas, de las comunidades judías de Castilla, que puso de manifiesto que los hebreos constituían una minoría muy representada en las tierras de la provincia.


Desde la edad media en las localidades castellanas, las minorías judías habían sido capaces de acceder a los órganos de poder hasta casi monopolizarlos a costa del resto de elementos de la elite local; sobre todo a costa de los hidalgos urbanos, que se veían así excluidos de los oficios municipales. Por ello, la acusación de judaizante era en el fondo un problema de competencia política entre diversos sectores de la elite local y una excusa para justificar las envidias despertadas por el enriquecimiento económico de los judío conversos y su preeminencia política en la administración municipal y en el desempeño de cargos y oficios en la Corte.


El antisemitismo y las argumentaciones religiosas actuarán como soporte legitimador de la exclusión de las familias judeo conversas al criminalizarlas en su conjunto y convertir su presencia en cualquier órgano de poder en un hecho considerado moralmente intolerable. Remontándose a la traición o al colaboracionismo imputado a los judíos españoles con ocasión de la conquista musulmana se defiende que sus descendientes los conversos deberían ser tenidos ”como el Derecho los ha e tiene, por infames, inhábiles, incapaces e indignos para haber todo oficio e beneficio público y privado”. Por ello todo converso será “sospechoso en la fe hasta que no demuestre su apego a la religión de Cristo”.

Enrique IV, después de los hechos que vienen sucediéndose desde finales del siglo XIV en las ciudades castellanas contra los conversos, y que él vive personalmente en Toledo en el año 1449, solicitará y obtendrá autoridad del Papa el 15 de marzo de 1462 para la instauración del tribunal de la Inquisición, aunque en su reinado no se pondrá en marcha el Santo Oficio. Algunos años más tarde, el 1 de noviembre de 1478, Sixto IV expidió la Bula que autorizaba a los Reyes Católicos la instauración de una Inquisición en Castilla que empezará a funcionar sólo dos años más tarde.

La Inquisición consigue legitimar la causa de la expulsión de los judíos; la mala influencia que estos tienen sobre los conversos; y que los cristianos nuevos no son, a fin de cuentas, “ni buenos cristianos, ni buenos judíos; sino “herejes”. Por tanto, se adoptará esta medida para evitar situaciones más graves, como las que a han tenido lugar en el pasado. Es decir, la causa de la creación del Santo Oficio se debe a las relaciones existentes y a los contactos continuos entre conversos y judíos. Expulsados los judíos, la actuación del Tribunal de la Inquisición se dirige hacia los conversos acusados de “judaizar”.

Según parece, los poderosos conversos de Cuenca lograron, mediante una serie de gestiones diplomáticas en la Curia Romana y comprometiéndose a convertir en Iglesia la antigua sinagoga, una bula por la cual se les concedía una prórroga para la entrada en acción del Santo Oficio en esta ciudad. Hasta 1510 parece que los judeoconversos se mantuvieron de modo general libres de proceso inquisitoriales. Sin embargo, en torno a 1510, se desata una fuerte represión de la que no se salvaron, en un primer momento, los poderosos regidores conversos de la ciudad de Cuenca. En el año 1511 sería procesada una hija del Contador y cuatro años más tarde un hermano suyo, el propio I Señor de Cervera. Ya en 1486 había sido reo de la Inquisición otra hija del Contador y hermana de los anteriores.

Los procesos, aunque en buena parte de los casos terminaron en absoluciones o sentencias leves si se accedía a la “adjuración de levi”; es decir a la renuncia expresa de sus creencias, se convertirían en una losa insalvable para varias generaciones de la oligarquía conversa de Cuenca y Guadalajara. Otra de las posibilidades que tenían los acusados de judaizantes para intentar evadir la persecución era conseguir la Carta de Hidalguía, como hicieron el Contador y su hermano en el año 1415. Con el reconocimiento de la Condición de Hidalgo se accedía aun estatus social que legitimaba un pasado dudoso como “cristiano viejo”.

Ante las actuaciones del Tribunal de la Inquisición la primera respuesta de la comunidad conversa de Cuenca fue de franca hostilidad. Las ofensas verbales al Santo Oficio empezaron a figurar entre los delitos más frecuentes en la ciudad: de cinco casos entre 1489 y 1500 se pasará a 34 entre 1500 y 1521.

Pero mucha mayor gravedad tuvo el comienzo de actividades conspiratorias e incluso de agresiones físicas contra miembros del Tribunal, en las que se halló implicada buena parte de la oligarquía conversa. Parece que las reuniones conspiratorias comenzaron en torno a 1507 y hacia 1510 fueron descubiertas por la Inquisición. Un total de 26 judeoconversos, entre los que estaban algunos regidores como Juan Ortega, Alonso Álvarez de Alcalá, Fernando Beteta, Iñigo de la Muela, Diego Alfonso Montemayor y Pedro Suárez de Toledo fueron procesados en 1510.

La hostilidad de los judeoconversos hacia la Inquisición no hizo sino recrudecer la represión y, en los años siguientes, otros destacados miembros de la élite judeo-conversa local y sus familiares pasaron, con distinta fortuna, por las prisiones inquisitoriales. Del siglo XVI, conocemos, de entre otros, el proceso de una mujer relacionada con la Casa de Cervera como es Violante González, acusada de brujería, que era la abuela de la esposa del II Señor de Cervera.

El Ayuntamiento de Cuenca, cuyos oficiales eran casi sin excepción judeoconversos, aprovechó las convocatorias de Cortes de 1506, 1512 y 1515 para lograr una intervención del Consejo Real en favor de los miembros de la élite procesados o que, dado el elevado número de sumarios abiertos, pudiesen serlo en el futuro. Los procuradores, de hecho, estaban igualmente interesados: dos de los tres que envió la ciudad eran conversos y con parientes implicados en los procesos como Fernando Valdés, Capitán de la Guardia del Rey y Regidor desde 1482, y Hernando Alonso García Chirino; Procurador en las de Burgos en 1515. Si hay una familia representativa de la sociedad judeo conversa en Castilla es la los Chirino de la localidad de Valera que cuentan entre sus miembros con el médico Alonso Chirino, físico de Juan II, y padre de Mosen Diego de Valera; doncel de Juan II desde 1427, que llevo una vida típicamente caballeresca; escritor e historiador; autor de La Crónica Valeariana, sirvió al rey; luchó en la batalla de la Higueruela; 1431, y en la Toro;1476, y viajó por toda Europa como embajador; un hombre ya renacentista hasta su muerte en 1488. Alonso Álvarez de Toledo está emparentado con los Chirino a través de su primera mujer, Aldonza Fernández de Valera.

Desde la Convocatoria a Cortes en Santiago, el comportamiento de los Procuradores conversos que envió la ciudad de Cuenca y el de su propio Ayuntamiento fue de total sumisión a los deseos del nuevo rey y apoyaron el Servicio solicitado por la Corona en la primera votación; los representantes de la ciudad de Guadalajara fueron dos nobles de la familia Guzmán y no lo apoyaron hasta la cuarta votación.

A la represión inquisitorial se le sumarían en breve plazo los estatutos de limpieza de sangre. Las familias conversas, ya muy afectadas por los procesos inquisitoriales, terminaron siendo totalmente apartadas de cualquier esfera de poder que rebasase el marco local. Si a mediados del siglo XV había no menos de quince conversos procedentes de Cuenca en altos cargos cortesanos, a mediados del XVI ni siquiera uno de sus descendientes ocupaba un cargo de tipo intermedio como podían ser Corregidores o Oidores de las Chancillerías.

De nuevo debemos referirnos a los acontecimientos de Toledo de 1449 cuando nos interesamos por los Estatutos de Limpieza de Sangre que van convertirse en un elemento clave para la sociedad castellana hasta el siglo XIX. En la revuelta contra los conversos de Toledo el Alcalde de la ciudad, Pedro Sarmiento, proclama el Primer Estatuto de Sangre, la llamada Sentencia Estatuto.

El Relator de Juan II Fernán Díaz de Toledo encargado de averiguar los hechos ocurridos en Toledo en 1449 señala en su Instrucción como responsables de los desmanes ocurrido contra los conversos al Bachiller Marcos García Mazarambros, a los canónicos Juan Alfonso y Pedro López Gálvez y al Alcalde Mayor de Toledo, Pedro Sarmiento. Ellos alentaron a los cristianos viejos contra el converso Alonso Cota y demás conversos que eran los encargados de recaudar el empréstito impuesto a la ciudad por el Condestable Álvaro de Luna. Así, ante una asamblea del pueblo, Sarmiento proclamó la llamada Sentencia Estatuto el 5 de junio de 1449, que permitía expulsar a todos los conversos de origen judío de los puestos importantes de Toledo como ser: concejales, jueces, alcaldes y especialmente las escribanías y los actos públicos de dar fe. Los argumentos esgrimidos contra los cristianos nuevos eran los mismos, o muy similares, a los usados contra los judíos: que los conversos decían que los cristianos adoraban a un hombre de su propia raza, que los Jueves Santos, en lugar de ayunos, comían cordero, que eran enemigos de Toledo porque ayudaban al rey en una guerra inútil contra otros cristianos, que los judíos vendieron a Toledo a los musulmanes cuando el ataque de los moros en el año 711.

Los cristianos viejos animados por estos personajes se rebelan contra el pago de este empréstito destruyendo y quemando la casa de Alonso de Cota y de los restantes conversos que residían en la ciudad de Toledo. Así se recogen los hechos que tuvieron lugar: Al toque de las campanas de la iglesia de Santa María, se reunió una multitud de cristianos viejos en la plaza. Una turba irrumpió en la casa de Alonso Cota, sus bienes fueron saqueados, su casa incendiada, y también el barrio de la Magdalena, donde vivían los conversos ricos de Toledo. El alcalde mayor de la ciudad y copero del rey, Pedro Sarmiento, tomó el mando de los rebeldes, en contra de las disposiciones de Álvaro de Luna. Cuando Álvaro de Luna se retiró de Toledo con el ejército real, Sarmiento derrotó a los conversos que intentaron resistir, y finalmente los colgó en la plaza pública. Se atrincheró en la ciudad e hizo aprestos para resistir la autoridad del Condestable.

En cuanto a los estatutos de limpieza de sangre el profesor Antonio Domínguez Ortiz fija los primeros a comienzos del siglo XV, aunque señala que hubo antecedentes en Andalucía, Alcaraz, Úbeda, Baeza, Jaén, en donde se hacían diferencias entre los caballeros que participaron en la Reconquista y el resto de la población, que continuaba siendo de origen musulmán. Hay que recordar también, siguiendo en esta línea de antecedentes, que ya el Fuero de Vizcaya, redactado en 1452 y remodelado en 1527, prohibió el establecimiento en la zona de entre otros de los cristianos nuevos y de los judíos.

Un efecto secundario de las disposiciones sobre limpieza de sangre fue la redacción de los llamados Libros Verdes, cuadernos en los que se recogían noticias curiosas de determinadas personas y de sus linajes; ocupándose de modo especial de los entronques con judíos o del origen judío de los nobles y de las familias pudientes. De nuevo hay que citar al converso Fernán Díaz de Toledo por ser considerado el autor de lo que podemos considerar la primera obra de este género en Castilla. En su ya conocida Instrucción afirmaba que toda la nobleza castellana, incluyendo el linaje de los Enríquez, descendientes de los amores del Infante Fadrique con una judía toledana, y con los que estaba emparentado el mismísimo Fernando el Católico procedían de conversos. Ya en la primera mitad del siglo XVI, un consejero de la Inquisición aragonesa compuso el que sería llamado Libro Verde de Aragón, cuyas exposiciones genealógicas dejaban claro que las principales familias del reino o eran de conversos o habían enlazado con ellos. La obra se divulgó imparablemente de forma manuscrita, experimentando numerosas adiciones y constantes actualizaciones. Considerada un peligroso e infamante libelo, el gobierno de Olivares ordenó quemar todas las copias posibles en 1623, pese a lo cual siguió circulando en secreto. Otra obra del mismo tipo es el Tizón de la nobleza de España, originalmente un memorial redactado en 1560 para Felipe II por el cardenal Francisco de Mendoza, irritado porque su sobrino, el Conde de Chinchón, tardase en pasar las probanzas de nobleza necesarias para entrar en las Órdenes Militares. En él se denunciaba que casi toda la nobleza castellana llevaba sangre judía.

Los cristianos medievales nunca sintieron inquietud por lo que sería la limpieza de sangre, pero las situaciones privilegiadas a las que veían que llegaban judíos y conversos supuso para los que se consideraban como “autenticos cristianos” el desencadenante de las nuevas coyunturas en las que se va mover la sociedad castellana desde mediados del siglo XV. Incluso el poder real no tendrá claro la postura a adoptar hacia el “problema judío y converso”. Catalina de Lancaster, madre de Juan II y regente a la minoría de éste a la muerte de Enrique III, quiso anular mediante una Pragmática de 1412, redactada por el converso Pablo García de Santamaría, la convivencia de cristianos y judíos. Por el contrario, Álvaro de Luna en la Pragmática de 1443 permite a los cristianos trabajar a las ordenes de los judíos. La considerada actitud de protección que da el Condestable a los judíos y conversos tuvo una gran influencia en su desastroso fin. También el sucesor de Álvaro de Luna, el Condestable Miguel Lucas de Iranzo sería asesinado en Jaén en 1473 al ser considerado benefactor de los conversos. En una situación que nunca se había conocido en las poblaciones castellanas los conversos llegaron a delatar a los judíos y estos a los conversos. La persecución a judíos y conversos modificaría para siempre las relaciones entre los nobles, los eclesiásticos, los villanos y entre los mismos judíos y conversos marcando de manera clara el devenir de la sociedad castellana.

Puede parecer paradójico pero fueron los mismos conversos los que con más interés querían borrar la huella y el recuerdo de su pasado y los que más hicieron por llegar a las hidalguías y así convencer de este “limpio pasado”. Los judíos se vieron obligados a cambiar de religión para salvar vida y haciendas en los momentos de más feroz persecución. Llegados a este punto parece correcto pensar que las familias conversas estaban en condiciones de acumular sobre ellas numerosos rencores, que iban mucho más allá del antisemitismo, de las dudas sobre la sinceridad de su conversión o de otras consideraciones que según se afirmaba tanto preocupaban a la Corte y a los defensores de actitudes intolerantes. Un complicado conjunto de consideraciones religiosas, étnicas, sociales, políticas y económicas fueron generando un ambiente que explica el endurecimiento paulatino de la persecución contra los judíos y conversos que toma ya dimensiones preocupantes a lo largo del siglo XV. Esta persecución llegó en breve plazo a desbordar la esfera de lo religioso y lo inquisitorial para entrar en la de lo político, porque no otra cosa fueron los estatutos de limpieza de sangre.

Ya sabemos que los linajes conversos eran un obstáculo de primer orden para ciertos grupos sociales que competían con ellos por el control del poder local y por el acceso a los cargos que ofrecían los titulares de los grandes Señoríos y la Administración Real. Para la baja nobleza urbana de ciudades como Cuenca y para el elevado número de hidalgos y terratenientes rurales que emigraban a las entonces florecientes ciudades, la presencia de unos grupos cerrados socialmente, enormemente ricos y perfectamente instalados en los Ayuntamientos, en las Casas Señoriales y en la Corte significaba una barrera infranqueable si se pretendía recurrir para acceder al poder local a las prácticas típicas entre las elites locales como eran los matrimonios de conveniencia y los repartos tácitos o pactados de las distintas esferas de poder.

Al desprecio étnico-religioso, cultural y socioeconómico hacía las familias conversas se unía la mala reputación de las formas de enriquecimiento usadas habitualmente por los conversos: el cobro de impuestos, la usura, el comercio, la artesanía, todos ellos “oficios deshonrosos” cuando los ejercían los cristianos viejos, oficios de “gente de baja suerte”, pero que, cuando estaban en manos de judíos o conversos, resultaban todavía más despreciables. Esta postura de los cristianos viejos es mucho más significativa cuando los grandes pilares del florecimiento de los judeoconversos, la Administración Real, el servicio a la nobleza señorial y las actividades mercantiles, estaban creciendo y cada vez ofrecían más poder y más riqueza a los que en ellas se ocupaban.

En Cuenca, el intervencionismo Real sobre el Concejo, apropiándose de la designación de regidores, y la creciente concentración en la ciudad de las actividades mercantiles e industriales en la ciudad a costa de su entorno rural van a propiciar el ascenso de las minorías judeo conversas a lo largo del siglo XV y unido a ello su ascenso político y económico que llevaría al recrudecimiento del antisemitismo.

A finales del siglo XV, la figura del converso y no digamos ya la del judío rico y poderoso, dedicado al comercio, al arrendamiento de impuestos en las ciudades, a la medicina y ocupado en las Contadurías de Rentas en la Corte, empezaba a ser cosa del pasado. Paulatinamente, desde comienzos del siglo XV, la presencia de los judíos había empezado a ser era masiva en todas las esferas del poder político y económico. Las medidas contra ellos empiezan ya a tomarse también a comienzos del siglo XV, lejos de eliminar su presencia en las Instituciones Reales, produjo el efecto contrario y las conversiones masivas sirvieron para que aumentasen las ambiciones políticas de este grupo. En este ambiente no es extraño que los cristianos viejos recibieran las conversiones con evidentes muestras de recelo y en algunas ciudades con abierta hostilidad. En Toledo, como sabemos, estallaron persecuciones durante el reinado de Juan II y las primeras víctimas fueron los conversos, antes que los propios judíos.

El endurecimiento de la actitud contra los conversos iba a contar con apoyos firmes: el antisemitismo popular, que, con razón o sin ella, encontraba pocas diferencias entre el judío y el converso; el antisemitismo de buena parte del clero y los temores políticos y los escrúpulos religiosos de los reyes; y, por último, las experiencias concretas de la baja nobleza de algunas ciudades castellanas, que por su cuenta habían excluido a los judeoconversos por la fuerza de los Ayuntamientos y de algunas instituciones militares y religiosas.

En este contexto recurrir a desprestigiar con la acusación de tener un origen judío era un arma más de la que se podía disponer en cualquier enfrentamiento. La justificación para esta postura era la acusación a los conversos de “ser por la mayor parte... ynfieles e erejes, e han judaizado e judaizan, e han guardado e guardan los más dellos los ritos e çirimonias de los judíos, apostatando de la crisma e vautizo que reçeuieron, demostrando con las obras e palabras que los resçeuieron con cuero e non con el corazón ni en la voluntad”. Además, a esto se unía la acusación de usar de sus cargos para causar agravios a los cristianos viejos.

Pero, los conversos también tenían defensores que se basaban en el principio de igualdad absoluta entre cristianos, fuere cual fuere la fecha de su bautismo o el de sus ascendientes, en la unidad originaria del género humano, a partir de unos mismos primeros padres; en la universalidad de la Redención; en el linaje hebreo del propio Cristo y su Madre, entre otras.

Aparte de estos argumentos había otros de orden más práctico y cercano como la mezcla de sangre judía en las más esclarecidas y poderosas estirpes castellanas; incluida las de los Reyes La preocupación por la limpieza de sangre, por “la honra”, y los prejuicios frente a la actividad mercantil han sido hasta hace poco tiempo constantes en la mentalidad castellana quedando como reminiscencias de unos siglos en que eran defendidas frente a las condiciones de vida conversas.

Mosén Diego de Valera, que vive entre los años 1412 y 1488, era hijo de Alfonso Chirino, médico de Juan II, y de Violante López. Sirvió a este rey como su doncel desde 1427. Fue ayo de Álvaro de Zúñiga, y llevó una vida típicamente caballeresca; sirvió al rey y viajó por toda Europa, desempeñando distintas misiones al servicio de Carlos VIII de Francia y Alberto de Bohemia; fue además embajador de Castilla en Dinamarca, Inglaterra, Borgoña y Francia. Al volver a Castilla se puso del lado de los adversarios del Condestable Álvaro de Luna y ayudó a su caída. Murió siendo alcaide del castillo del Duque de Medinaceli, en el Puerto de Santa María. Desde 1438 ó 1439 es mentor del futuro Enrique IV. Su preocupación por el origen de la nobleza da lugar a su obra Espejo de verdadera Nobleza, en la que defiende la nobleza de las buenas costumbres. El Tratado en defensa de virtuosas mujeres lo dedica a la reina Maria; esposa de Juan II. Como mentor ya de Enrique IV escribe la Exhortación de la paz, recordándole sus responsabilidades, el concepto de justicia y las virtudes que le corresponden. El breve Tratado de Providencia contra Fortuna, cuyo tema es el consuelo de los avatares políticos, lo dedicada al Señor de Belmonte y I Marqués de Villena. Sobre las dignidades y preeminencias de la nobleza trata su Ceremonial de príncipes y caballeros, también dedicado a Juan Pacheco Igualmente breve, el Breviloquio de virtudes para el Conde de Benavente, desarrolla la metáfora de la vida como navegación.

Al rey Fernando dedica su Doctrinal de príncipes, manual de ética en nueve capítulos. Obra suya es también Preeminencias y cargos de los oficiales de armas. Ya de tiempo de los Reyes Católicos es su Doctrinal de príncipes y su Crónica abreviada de España o Crónica Valeriana, impresa en 1482. Es una historia del mundo hasta su época basada en cronicones anteriores en la que destaca la parte dedicada a Juan II como conocedor directo de los hechos, continuada en el Memorial de diversas hazañas y en la Crónica de los Reyes Católicos. Escribió una Genealogía de los reyes de Francia; donde demuestra su erudición así como en su obra Origen de Troya y Roma. Suyos son también Un Tratado de las armas para Alfonso V de Portugal en donde pone de manifiesto sus profundos conocimientos de heráldica. Completan su actividad literaria Veintitrés Epístolas con consejos dirigidos a los reyes. Se le atribuye una traducción del francés del Árbol de batallas de Honoré Bouvet, un Origen de la casa de Guzmán de 1447 y una perdida Crónica de la Casa de Zúñiga. En verso escribió una Letanía y unos Salmos penitenciales.

Como gran representante de los judíos dedicados a la medicina, prácticamente en sus manos, y al servicio de la Corona desde la edad media nos encontramos con el padre de Diego de Valera, que es como sabemos Alonso de Chirino muerto hacia el año 1430; su testamento es del año 1429. Precisamente desde principios de siglo XV la presencia de médicos judíos o ya conversos empezara a dificultarse en base a la Pragmática de Catalina de Lancaster como parte de las limitaciones que se empiezan a poner en la relación de los cristianos con judíos y conversos. Por lo que se puede decir que hasta mediados del siglo XV Los judíos, antes de su expulsión, “eran los mejores artesanos, comerciantes y médicos” con lo que su expulsión supondrá la crisis en todos estos campos de actividad. Tanto en Castilla como en Aragón, sobre mediados del siglo XV, los facultativos personales de ambos reyes eran hebreos. El de Enrique IV de Castilla, Jacobo Núñez; sucesor de Chirino, era además el rabino principal del reino. Esa dedicación a la Medicina se mantuvo en los cristianos nuevos tras las grandes conversiones que tuvieron lugar entre 1391 y 1492. De los judeoconversos de Mallorca dice Álvaro de Santamaría, “en cuanto a las profesiones liberales, eran casi monopolio suyo las de médicos y libreros”.


Alonso de Chirino fue un destacado converso en el campo de la medicina. Fue médico, Curador Mayor, de Juan II y del príncipe Enrique. Para Juan II compuso Menor daño de medicina. La primera parte de esta obra trata de la salud; de la alimentación y sus hábitos, y de las pasiones del alma. Una segunda parte está dedicada a las calenturas, a las enfermedades y a la cirugía. La tercera parte versa sobre las enfermedades cotidianas. Alonso de Chirino fue Caballero de la Orden de la Banda.


Otra gran figura a destacar es la del converso burgalés Alfonso de Cartagena o de Santamaría que vive entre los años 1384 y 1456. Fue segundo hijo de Pablo de Cartagena de Santamaría; el converso Salomón Ha Leví, rabino de Burgos y después famoso obispo de Cartagena y Burgos que se había convertido con sus hijos y hermanos en el año 1390. Alfonso era sobrino de Alvar García de Santamaría; 1370-1460, autor de una Crónica que sirve de base a la redactada por Pedro Carrillo de Huete. Alfonso de Cartagena fue humanista, diplomático, historiador y escritor español del Prerrenacimiento y uno de los hombres más cultos de su tiempo. Destaca por su defensa de los conversos puesta de manifiesto en los hechos de Toledo de 1449 y recogida en la Instrucción de Fernán Díaz de Toledo que comparte con Alonso la misma postura, aunque su padre; Pedro de Cartagena, fue defensor de una separación en la convivencia de judíos y cristianos.

Nos ocupamos ahora del padre de Alonso de Cartagena, Pablo de Santamaria, de nombre judío, Salomón Ha Leví. Arzobispo español, Gran Canciller y exegeta, nacido en Burgos alrededor de 1351 y muerto el 29 de Agosto de 1435. Vemos por las fechas de muerte y nacimiento de ambos que la actividad literaria y las actuaciones políticas de padre e hijo corren parejas pudiéndose afirmar que dominan la vida intelectual de Castilla desde finales del siglo XIV hasta mediados del siglo XV.

Pablo García de Santa Maria recibió una esmerada educación en la judería burgalesa, de donde fue rabino, pero, después de haber oído predicar a Vicente Ferrer, abjuró del judaísmo, se convirtió al Catolicismo y se bautizó con el nombre de Pablo García de Santamaría en 1390 coincidiendo con los más terribles asaltos a las juderías de toda la Edad Media. No habiendo querido convertirse su esposa, se separó judicialmente de ella y educó a su hijo, el futuro humanista y obispo de Burgos Alfonso de Cartagena, en la confesión cristiana. Pablo había sido el judío más rico e influyente de Burgos, Rabino de la comunidad Judía y gran conocedor de los textos talmúdicos y rabínicos. La irresistible lógica de la Summa de Santo Tomás le condujo a la fe de Cristo, recibiendo el bautismo el 21 de Julio de 1390 y siendo bautizados con él sus hermanos, Pedro Suárez y Alvar García, su hija y sus cuatro hijos. Su esposa, Juana, murió como judía poco después.

Después de su conversión estuvo en París y Aviñón, ciudad donde residía el pontífice, quien le promovió a la dignidad de arcediano de la catedral de Burgos en 1395. Enrique III le propuso para el obispado de Cartagena en 1401 de donde sería nombrado obispo en 1405. Enrique III le nombró consejero suyo y ayo del príncipe don Juan. En 1407, tras la muerte de Pero López de Ayala, es nombrado Canciller Mayor de Castilla y Gran Canciller en 1416. Fue también consejero de Fernando de Antequera, rey de Aragón y antes Regente de Castilla a la minoría de Juan II. En 1415 fue elegido Arzobispo de Burgos y Patriarca de Aquilea. A la muerte del Rey el Arzobispo Pablo formó parte del Consejo Real que rigió los destinos de Castilla en nombre de la regente Doña Catalina de Lancaster y, por deseo del fallecido Rey, fue nombrado tutor del heredero al trono, el que fuera luego Juan II de Castilla. Se fue apartando de la vida cortesana y en su testamento dejó todos sus bienes a los pobres. Fue el autor de la Pragmatica de 1412 de la reina Catalina en la que pretende anular la convivencia de judios y cristianos. Entre los escritos publicados por el Arzobispo Pablo, figuran: Dialogus Pauli et Sauli contra Judæos, sive Scrutinium scripturarum, Additiones a los Postillæ de Nicolás de Lyra, De nomine divino quæstiones duodecim. Otras obras suyas son Las siete edades del mundo o Edades trovadas, poema en octavas reales, en que se hace la historia completa del mundo desde la creación, dedicado a la ya viuda Catalina de Lancaster y regente de Castilla, Suma de crónicas de España y Generación de Jesucristo y Cena del Señor.

Ya nos hemos ocupado antes sobradamente de Fernán Díaz de Toledo y lo haremos ahora de su sobrino Pedro Díaz de Toledo, gran amigo del I Conde de Alba y del Marques de Santillana; quien estuvo acompañado en su palacio de Guadalajara y en su lecho de muerte por ambos. Pedro recoge esta circunstancia en su obra Dialogo e razonamiento en la muerte del Marqués de Santillana; dedicada al Conde de Alba. Tanto Fernán como su sobrino se destacan por su defensa de los conversos. Pedro realizó un traducción del Fedón de Platón que no ha llegado hasta nosotros, pero que fue plagiada en gran parte por un gran enemigo de los conversos como era Alonso de Espina, confesor de Enrique IV.

Fernán Díaz o Díez de Toledo, Mose Hamomo; Relator o Registrador de Sucesos del Consejo Real, Secretario de Juan II y vecino de Alcalá de Henares, fundador de una capilla en su parroquia de Santa María la Mayor de esta ciudad para enterramiento propio y de los suyos, y en la que, al parecer, sería bautizado Cervantes el 9 de octubre de 1547.


Fernán, discípulo de Alonso de Cartagena, toma la defensa de los conversos después de los acontecimientos toledanos del año 1449. Fernán Díaz de Toledo recoge esta defensa en su obra la Instrucción del relator. Fernán Díaz de Toledo dirige la Instrucción del relator en 1449 al Obispo de Cuenca Lope de Barrientos, muerto este mismo año, a favor de la nación hebrea. Francisco Lope Barrientos había sido preceptor de Juan II durante su adolescencia. Conocemos más del obispo Barrientos al tratar la presencia de Alonso en la Corte de Juan II.


Fernán Díaz de Toledo defiende a los judíos, especialmente a los conversos, del ultraje recibido en Toledo cuando estando en la ciudad el Condestable Álvaro de Luna impone a la ciudad un empréstito de un millón de maravedíes para ayudar a los gastos de la guerra que Castilla mantiene contra Aragón y el pueblo se rebela contra este tributo en la figura de los conversos. Fernán Díaz de Toledo, Relator y Secretario de Juan II, es primo de otro Fernán Díaz de Toledo que fue Arcediano de Niebla y canónigo de la Catedral de Toledo del que conocemos una abundante correspondencia fechada entre los años 1420 a 1431. Este Fernán fue fundador de la Capilla de San Juan Bautista de la Catedral de Toledo. A este Fernán no lo volveremos a encontrar cuando lleguemos a la presentación del II Señor de Cervera.

Fernán en su “Instrucción” señala como responsables de los desmanes contra los conversos al Bachiller Marcos García Mazarambros, a los canónicos Juan Alfonso y Pedro López Gálvez y al Alcalde Mayor de Toledo, Pedro Sarmiento. Ellos alentaron a los “cristianos viejos” contra el converso Alonso Cota y demás conversos que eran los encargados de recaudar el empréstito impuesto a la ciudad por el condestable Álvaro de Luna. Así, ante una asamblea del pueblo, Sarmiento proclamó la llamada “Sentencia Estatuto” el 5 de junio de 1449, que permitía expulsar a todos los conversos de origen judío de los puestos importantes de Toledo como ser: concejales, jueces, alcaldes y especialmente las escribanías y los actos públicos de dar fe. Los argumentos esgrimidos contra los cristianos nuevos eran los mismos, o muy similares, a los usados contra los judíos: que los conversos decían que los cristianos adoraban a un hombre de su propia raza, que los Jueves Santos, en lugar de ayunos, comían cordero, que eran enemigos de Toledo porque ayudaban al rey en una guerra inútil contra otros cristianos, que los judíos vendieron a Toledo a los musulmanes cuando el ataque de los moros en el año 711.

Los cristianos viejos animados por estos personajes se rebelan contra el pago de este empréstito destruyendo y quemando la casa de Alonso de Cota y de los restantes conversos que residían en la ciudad de Toledo. Así se recogen los hechos que tuvieron lugar: Al toque de las campanas de la iglesia de Santa María, se reunió una multitud de cristianos viejos en la plaza. Una turba irrumpió en la casa de Alonso Cota, sus bienes fueron saqueados, su casa incendiada, y también el barrio de la Magdalena, donde vivían los conversos ricos de Toledo. El alcalde mayor de la ciudad y copero del rey, Pedro Sarmiento, tomó el mando de los rebeldes, en contra de las disposiciones de Álvaro de Luna. Cuando Álvaro de Luna se retiró de Toledo con el ejército real, Sarmiento derrotó a los conversos que intentaron resistir, y finalmente los colgó en la plaza pública. Se atrincheró en la ciudad e hizo aprestos para resistir la autoridad del Condestable.

La razón de estos acontecimientos ocurridos en Toledo se encuentra en la acusación contra Álvaro de Luna de ser aliado de los conversos y junto a ellos causante de todos los “males” de la sociedad castellana. Tal vez, por ello el Rey y el Condestable no reprimieron por la fuerza la persecución que sufren los conversos en estos momentos en Toledo.


Los hechos de Toledo de 1449 dieron lugar al Primer Estatuto de Sangre, la Sentencia Estatuto antes citada, y a una serie de escritos a favor y en contra de los conversos y a una serie de discusiones teóricas e informes que terminarán en el establecimiento del Tribunal de la Santa Inquisición. Comienza una disputa teológica y legal auspiciada por Juan II y Álvaro de Luna. Esta disputa fue puesta en manos del mejor juriconsulto castellano y Consejero de los Reyes Católicos, Alonso Díaz de Montalbo ; afincado en Huete y en cuya casa de esta ciudad recopilaría las Ordenanzas Reales de Castilla, cuya impresión en la ciudad en 1483 supondría el establecimiento en ella de una de las primeras imprentas españolas Alonso Díaz de Montalbo defiende que los Estatutos de Limpieza de Sangre destruyen la unidad de la fe cristiana y tienden a hacer infieles a los cristianos fieles, cuando los excluyen de las funciones públicas y de los puestos de honor de la iglesia. Alonso Díaz de Montalbo apuntaba los siguientes hechos que señalaban a la unidad de judíos y gentiles: los dos pueblos eran culpables de la pasión de Cristo, los judíos por haberlo acusado injustamente y los gentiles por haberlo condenado. Que es una herejía sembrar discordia entre los fieles. Que todo aquel que se ha bautizado en Cristo, se ha revestido en Cristo y ya no hay más judío ni gentil.

En el que llamaríamos partido pro-conversos se sitúa también el maestro de Fernán Díaz de Toledo; Alonso de Cartagena, hijo de Pablo de Santa María y su sucesor en el obispado de Burgos, hace una defensa de los conversos en “Defensorium Unitatis Christianae” que aparece en 1450. Acusa de herejes a los amotinados de Toledo y reclama la intervención del Papa para resolver las cuestiones planteadas en la sentencia estatuto. Igualmente a favor de los judíos se manifiesta Pedro Díaz de Toledo, sobrino de Fernán. Por el contrario, en uno de los textos redactados por el partido anti-converso se habla así del Relator Fernán Díaz de Toledo al que cita por su antiguo nombre judío y quien por su origen desea igualmente el mal de los toledanos:”porque el dicho malo tirano don Álvaro de Luna e Mose Hamomo, llamado Relator, bilíssimo por linaje, turpíssimo por costumbres, dañado y condemnado por herético, verdadero judío, falso christiano, e todos los otros sátrapas, sequaçes, compañeros e valedores de los dichos no puedan negar aquello que todos los nobles y buenos christianos confiesan”.

Como hemos dicho el Rey y Álvaro de Luna no reprimieron a los rebeldes de Toledo por la fuerza en un principio y el príncipe Enrique entra en Toledo en junio de 1449 a petición de los rebeldes, aunque contra el deseo y mandamiento expreso de su padre el rey Juan II, aunque este ya por consejo de su antiguo preceptor, el obispo de Cuenca, ve que es necesario expulsar de la ciudad al más importante de los cabecillas, Pedro Sarmiento, y tomar la dirección de la situación que se ha provocado para restablecer la calma en la ciudad de Toledo cosa que realizaría poco después, en el mes de diciembre.

En estos acontecimientos estarían implicados entre otros el mismo Papado en la persona de Nicolás V y el que será el primer Inquisidor General Juan de Torquemada. El Papado interviene en esta disputa y Nicolás V que responde a la petición que se le hace con la Bula de 24 de septiembre de 1449 declarando que todos los cristianos, sean descendientes de gentiles o judíos, que viven como verdaderos cristianos, tienen derecho a todos los ministerios y dignidades, a dar testimonio y ejercer todos los cargos con los mismos derechos que los cristianos viejos. Quedó entonces, con la bula de Nicolás V, aparentemente resuelto el entredicho de Toledo con la condena de los Estatutos y una victoria de los conversos.